lunes, 22 de abril de 2013

James verdugo


La primavera parece que se asienta. El sol aunque se muestra algo reticente, ya empieza a enseñar su poderío pre-verano. Otro domingo más y otro día de mis preferidos que debíamos aprovechar. Pero como todo en esta vida es imperfecto, antes de que pudiéramos abrir si quiera los ojos teníamos a dos niños saltando encima de nuestra cama como locos.

Quizás fuera ya un poco tarde y por eso no me había tenido tiempo de “acosar” a James como suelo hacer los domingos. Ese sí había sido un fallo mío, la noche anterior había salido a tomar algo con la aventurera de Cris que seguía pasándose las horas hablándome de sus novedades. No amorosas, es todo más sucio que eso desde mi perspectiva. Somos dos polos opuestos, tenemos ideas diferentes pero una amistad muy sincera.

No me quedó más remedio que resignarme e irme a pasar el día con los niños y James. Nos fuimos a las afueras, a un parque en el que poder pasar un día tranquilo y un sitio seguro para los niños. Mi idea era vengarme de ellos, me habían despertado y me habían quitado a mi James mañanero, así que en el parque jugarían todo el día a su antojo y llegarían rendidos a casa e irían directos a la cama. Un plan muy malvado.

Allí estábamos. Un precioso vestido, un sombrero y unas mantas en el suelo bajo un espléndido sol y antes de que quisiéramos darnos cuenta los niños ya se habían ido corriendo por su cuenta con afán de exploradores. No había peligro, el parque es muy grande pero se lo conocen a la perfección. Son rebeldes y responsables, cualidad esta última que supongo habrán sacado de su padre.

Qué a gusto me siento al lado de mi esposo. El tiempo vuela a su lado, solo una conversación o una simple mirada saca en mi cara la mejor de las sonrisas. Las palabras empezaron a salir de nuestras bocas y con ellas vinieron los recuerdos. Sin ni si quiera darnos cuenta acabamos hablando del día en que le robé nuestro primer beso. Fue nuestra segunda cita, un día en el que fui a buscarle a la salida de trabajar y nos fuimos al cine. Uno de esos días en los que todo sale mal. Y qué decir de la película, a una hora intempestiva, más para una última cita que para buscar algo en la persona que te acompaña. Un desastre acompañado por un paseo a las tantas por unas calles en las que solo nos acompañaba el frío, buscando un coche que parecía alejarse por cada paso que dábamos. Un coche que vio como me acerqué lentamente a James y le besé sin miedo. He de admitir que con algo de vergüenza, pero con mucho tacto femenino.

Y justo cuando el recuerdo se exprimía, James le dio un toque actual, puso unos pocos años más (maldita edad), cambió el coche por el parque y el frío por el frescor primaveral y, como dos adolescentes, nos dimos un beso bajo la atenta mirada del sol y de los verdes árboles. Es el dibujo de la felicidad, es el sentirte protegida, amada y deseada por el hombre al que proteges, amas y deseas.

Me sentía tan cómoda y era una postal tan agradable que se me olvidó con quién estaba tratando y bajé la guardia. Tras varios minutos de besos de esos que con la edad ya no se dan, los caprichosos, juguetones y sinvergüenzas dedos de James estaban hurgando debajo de mi falda en una batalla contra mi ropa interior. Una batalla que perdí, solo sentir un roce y saqué rápidamente la bandera blanca, me rendí por no poder ganar y porque sí, porque a lo mejor me interesaba…

A James no le importaban mis “James ya vale” ni mis “James que no estamos en casa”. Solo le valía su ansiedad sexual, claro que intentar pararle cuando en realidad estás deseando que siga, no ayuda mucho a que James frene sus impulsos. Sus malvados besos me tenían en shock con los dibujos que hacían nuestras lenguas bailando juntas un húmedo y apretado vals. Y vaya… vaya salto di cuando sus dedos rompieron mis defensas, cuando mis ojos se cerraron y mi mente estaba ahogada de placer.

Sus dedos salían, entraban, acariciaban y yo solo temblaba, apartaba su boca ligeramente de la mía para descansar y mis labios salían corriendo detrás de los suyos como locos, como necesitados. Estaba en mi pequeño rincón de la locura, en aquél en el que James me acorrala y no me deja escapar, con una soga en el cuello, con una camisa de fuerza en mi torso y sumergida en el profundo éxtasis del gozo y el placer carnal. James con su látigo de tres fustas, azotando mi cuerpo salvajemente, diciéndome cosas que solo en esos momentos quieres oír, sintiendo del todo pero ansiando querer sentir más.

Vistiendo una máscara negra y terrorífica, con cadenas en el cuello, con el torso al aire pero con pantalones de cuero, el James oscuro, ese que se pierde entre las rendijas de mi cuerpo y que no sale de ninguna de ellas. El James verdugo, tirando de mi pelo y arrancando jadeos de mi boca sin inocencia, besando mis labios a mordiscos, haciendo de mi un juguete con el que jugar y yo ansiosa de que jugase conmigo.

Abrí los ojos y solté un seco y silencioso “¡oh…!”. El parque seguía ahí ante mi mirada sorprendida, mi corazón iba más rápido que el mismo tiempo, no había quien le echase el freno. James sacó su mano de mi vestido y noté un alivio momentáneo, me veía húmeda y con ganas de más, pero no era posible, los niños ya corrían ante nuestra mirada, aunque mis ojos seguían viendo flases de mi James verdugo y de esa prisión de pasión.

James se incorporó sonriente y sin mirarme pero sus picarescos labios mascullaron un rastrero “me debes una”. Le vi alejarse lentamente y cerré corriendo los ojos para ver cómo se ponía su máscara negra y sacaba de nuevo su instinto animal. Me tumbé y agoté mis pensamientos de todo el día en unos fugaces eternos minutos.

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