viernes, 29 de marzo de 2013

Obligada por unos fuertes brazos de jugador de rugby



En ocasiones me gustaría olvidarme de que me llamo Jessica. Me gustaría obviar el hecho de que tengo que levantar, duchar, vestir, alimentar y un largo etcétera a dos renacuajos. Me gustaría olvidarme de que tengo marido y una casa que llevar adelante. Que tengo que estar siempre perfecta y pendiente de qué dirán una y otra vez. De esta impostura que llevo clavada en mi ser desde que nací, desde el primer día que me hicieron vivir como una mujer.

Y es que hay muchos días que estoy cansada de tener que seguir ese camino que parece que está predestinado para mí, solo para mí, y simplemente por el hecho de ser mujer. No soy feminista y nunca lo seré, o eso creo. Pero hay días que me quiero olvidar de que soy mujer, de que tengo dos hijos y un marido.

Ayer me sucedió un hecho algo insólito. Fui a la farmacia (a por un predictor). La farmacia era de esas americanas con pasillos de productos que nunca compraré y escaparates de más productos que tampoco compraré. Entre pasillo y pasillo, perdida en busca del maldito aparato que de nuevo marcaría mi camino a seguir en los próximos meses, me encontré un joven bastante apuesto, como diría mi abuela que en paz descanse. No llegaría a la veintena, era rubio, alto y musculoso. Parecía sacado de un equipo de rugby. El muy cabrón no paraba de mirarme y yo no paraba de dar vueltas…me sentía como una adolescente, y eso que ya tengo mis 35 años. Y claro, yo, sintiéndome alagada por un jovencito como aquel, un pastel de chocolate con tan buena pinta, no podía meter la mano entre las cajas de las estanterías y sacar un predictor, rompería el encanto. Y menos lucir mi anillo de casada.

Me apetecía jugar. Olvidarme de que tenía tres hijos, un marido y una casa por delante.

Y que comience el juego…

Dejé la cesta que con anterioridad había cogido a la entrada de la farmacia, para depositar la caja que pensaba comprar y me pasé al lado contrario de la estantería.

Primer paso: ver si te sigue con la mirada. COMPROBADO. Me seguía con la mirada.

Segundo paso: ver si se cambiaba de estantería al igual que lo hacía yo. COMPROBADO. Lo hizo.

Me estaba volviendo loca y más que eso. Estaba ardiendo de pasión. Necesitaba desabrocharme la camisa. Empezaba a sudar y algo en mi, tanto dentro como fuera, me decía que estaba zozobrando como barco perdido en alta mar. Aquel maldito joven me estaba provocando unas ganas irresistible de ir al cuarto de baño y esperarle dentro. Muy dentro. Que me rompiera la ropa a trozos, que me tirase al suelo y que con aquellos fuertes brazos de jugador de rugby me obligará a hacerle todas esas cosas impensables que una tan solo hace cuando le obligan..

Tercer paso: Sonreírle y esperar que él también lo hiciera. COMPROBADO. Lo hizo.

¿Cuarto paso?: Abalanzarme sobre él.

Desgraciadamente para mi, recibí una llamada. Me llamaban desde el colegio, a Emma le había entrado los ataque de alergia. Malditos sean los pinos y el colegio por tenerlos.

Y ahí estaba yo. De nuevo plantada ante mi realidad. Ante aquella realidad con la que convivía. Feliz de amar a James y mis dos pequeños, aunque en ocasiones soñara con escapar al rincón de las fechorías, donde todo estaba permitido.

4 comentarios:

Anónimo dijo...

jajajaja me gusto... hola jessica!! primera vez que leo tus relatos y empece por este que me ha pegado muchisimo porqe estoy en tu misma situacion....al final la realidad siempre nos llama:( aunqe eso si...nunca esta de mas soñar y no cuesta...gracias por tu trabajo....saludos. Suly

Jessica M. Maddisson dijo...

Muchas gracias a ti Suly por entrar en el blog y leer mis relatos. Espero no perderte y que te vuelvas a pasar pronto ;)

Un abrazo preciosa!

J.M. Maddisso

carolew dijo...

Me encantan tus relatos son relajantes y entretenidos.
Un abrazo grande

Jessica M. Maddisson dijo...

Gracias Carolwe, espero verte pronto por aquí amiga. Un abrazo, preciosa.

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